¿Quién es esa señora que posa para la fotografía al frente de la casa, con sus cinco hijas y su hijo varón, luciendo sus mejores galas y los rostros adustos? Si miramos el reverso, en el cartón que sirve de soporte a la foto, apenas unas palabras incompletas aparecen de la dedicatoria: “…ima con… …iño.” “Franca. Ma…” “El Jí…”. Poco para comenzar, nos diremos. Pero vienen a nuestra ayuda los ancianos de la familia. “Es Mama Pancha”, nos dice Sarampagüilo , quien no peina canas porque la calvicie vino en edad temprana a su vida. Él vive en su casa de El Rancho, distante unos quince kilómetros de El Jícaro. Entonces, con ayuda de su hermana Bertha Fely, ata recuerdos y la información comienza a surgir.
Francisca Marín Morales, quien dedica la foto, era esposa de Venancio Morales y Morales, ambos nacidos en El Jícaro y San Cristóbal Acasaguastlán (apenas del otro lado del río), en los lejanos años de 1861 y 1849 respectivamente . Tres familias Morales y una Marín serían los ancestros de la familia Morales Marín. Acompañan a Mama Pancha en la foto sus hijas Florinda (Mama Flor, dice Sarampagüilo), Concepción (Tía Chonita), (Tía) Raquel, (Tía) Felicinda y (Tía) Olivia, más el pequeño Venancio (Tío Nancho).
Aún con la escasa información que poseemos, podemos aventurarnos a decir que la foto fue tomada a principios del siglo XX, un poco antes de que la primogénita Florinda fuera “robada” por el telegrafista del pueblo, Moisés Barrientos, originario del no lejano San Agustín Acasaguastlán. Ella había nacido en 1884 y su primera hija, llamada Florinda Zenaida, nacería en 1907. Como Mama Pancha montó en cólera por el abandono del hogar de su hija mayor y se negó a hablarle hasta mucho tiempo después, entonces la fecha de la foto tendría que ser del primer quinquenio del nuevo siglo.
El fotógrafo colocó a los miembros de la familia en el patio de la casa, sentados en una banca. Se nota que la vivienda no difería de la arquitectura vernácula del lugar: paredes de bajareque o adobe, techos de teja o de paja. En el corredor, la clásica hamaca de pita y un catre posiblemente también de pita o de tiras de cuero con armazón de madera (camastrones, les dicen por esos rumbos). Escaso menaje que contrasta con la elegancia de la vestimenta. Vestidos de manga larga y cuello cerrado, con bordados y encajes y hasta un saquito coqueto son la imagen adecuada para asegurar cierto estatus ante el vecindario. Elegante collar luce Flor, que resalta más por el contraste con el vestido obscuro. Y Nanchito (más tarde Tío Nancho), a sus cortos añitos es todo un caballerete ataviado con un saco obscuro de solapas blancas y unas botas altas de hacendado.
¿Familia pobre y rural con petulancias burguesas y urbanas? ¿O familia rica venida a menos, pero con las ínfulas de antaño? Ni lo uno ni lo otro. Doña Pancha Marín poseía extensas tierras en los alrededores, de las cuales la más nombrada era la llamada El Zapote. En el Directorio Agrícola de 1929 aparece solo superada por las hermanas Orellana, de la alcurnia del finado expresidente del país José María Orellana, con su finca El Tintero. También aparece Mama Pancha como comerciante en el Directorio Comercial de la República y algunos documentos privados de la familia asientan que eran no pocos sus deudores. Fincas como esas (de treinta y más caballerías) no eran comunes en la región. Había que llegar hasta Gualán para igualar el tamaño de las posesiones. Pero en ese tiempo, la tierra no tenía un gran valor de cambio y la mano de obra vivía en el peonazgo, sumida en la rutina de un trabajo poco productivo. Las cabezas de ganado y el comercio eran las que daban sustento al estatus social.
Eso sí, las propiedades y el comercio daban para enviar a las hijas a estudiar a la capital, pues la oferta educativa no era muy alta en aquellos parajes, semiáridos no solo para la flora y la fauna sino también para el alfabeto en aquella época. Para viajar a la capital todavía no estaba en servicio el ferrocarril del Norte, que apenas tenía su punta de rieles en El Rancho y no se había convertido en el eje del elusivo progreso. Por esa circunstancia se recurría a las bestias conducidas por algún peón de confianza de la familia. El destino era el Instituto Belén (otra fuente oral indicó que se trataba de la Casa Central), y la meta, la graduación de maestras de educación primaria. Alguna de ellas la logró, como Raquel, mientras que Florinda desató la ira de Mama Pancha al abandonar los estudios y ceder a la galantería de Moisés, aquel buen mozo de ojos claros de San Agustín.
Felicinda también tuvo un romance, solo que este resultó trágico, como lo describiera Alejandro Córdova, el famoso periodista de la época. Enamorada, Felicinda se comprometió en matrimonio con Virgilio Zúñiga. Como la Penélope del mito griego y más como la del canto de Serrat, esperó en vano la llegada del tren que traería al amado. Pero Virgilio falleció en otras tierras y como la Niña de Guatemala, Felicinda murió de amor, el 24 de abril de 1919. Dice el escritor:
“Virgilio se adelantó en el camino de lo desconocido para esperar a su Amada y recorrer con ella, triunfalmente, los jardines de la eternidad… Mis manos, que no pudieron cerrar los ojos del hermano en el tránsito definitivo, ponen sobre esta tumba, con todo mi sentimiento fraterno y piadoso, un ramo de violetas, húmedas de lágrimas…”
La tragedia de Felicinda llevó a Florinda a llamar a su hija nacida en diciembre, Berta Felicinda, aunque dicen que el registrador se resistió a ponerle tal nombre y lo abrevió a Fely.
Los varones de la familia, Venancio padre y Venancio hijo, tuvieron muertes violentas. “Problemas de terrenos”, dicen en el pueblo, fueron la causa de aquellos decesos. Al morir Venancio Morales Marín, una de sus hijas, “Olivita”, fue acogida en la casa de la abuela, al cuidado de la Tía Olivia. Raquel y Concepción dieron origen a las familias Casasola Morales y Guerra Morales.
La casa de Mama Pancha estaba en el centro de la población, en la Calle Real y es posible que sea la de la foto. La heredó Olivia, por deseo expreso de su progenitora. Conocí la vieja casona de gran corredor que daba al patio, donde la Tía Olivia caminaba siempre elegante, su cabellera blanca, su vestido oscuro, como manteniendo el luto por amores imposibles de olvidar. Un cuarto oscuro, de ventanas cerradas y amplias cortinas también oscuras, atesoraba estanterías repletas de libros y más libros. No sé de qué trataban. El silencio de esa casa era más profundo en aquella habitación, que guardaba secretos imposibles de descifrar para el niño intruso que buscaba hurgar en el pasado de las personas y de las cosas.


4 comentarios:
Que bonito, me gusto mucho y me enteré de cosas que no sabía.
me gusto la foto, pero mas el texto del que escribe , aunque podriamos agregar mas fechas y datos para enriquecer este dato historico familiar de las personas que aparecen en la misma .salud por mi madrastra (QEPD)madre de mis hermanitos mayores.
Que buen relato, no faltó tu estilo y eso es lo mejor.
No parés de hacer esto, es obvio que algunos lo apreciamos mucho, sin nuestra historia no tendríamos identidad, solo seríamos unos individuos más.
Gracias
Moisés
Interesante relato... me teletransportaste a ese mundo mágico.. me gustan tus narraciones.. seria bueno que narres con tu voz .. si se puede!!
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