martes, 23 de diciembre de 2008

Sobrevivientes de los Andes



De acuerdo a la pesquisa realizada por doña Blanca Barrientos Pellecer de Alvarado, los dos vivarachos personajes de la foto de arriba, son los "sobrevivientes de los Andes" de la prole Barrientos Morales. Se trata de Bertha Fely (a la izquierda) y Julio ¿Vicente?, los número 7 y 5 respectivamente, de 8 hermanos/hermanas del matrimonio de Moisés Enrique Barrientos Marroquín (1871 - 1950) y Florinda Morales Marín (1884 - 1921). 

En detalle, la mayor de toda la prole fue Florinda, más familiarmente conocida como la Tía Flor (1907 -1980). Le siguió el tío Augusto Alfredo (1909 - 1962), quien no se debe confundir con su hermano homónimo, solo que de apellidos Barrientos Perdomo. Luego les siguió Blanca quien falleció muy joven (1910 - 1934). Más tarde nacería Bertha Guillermina, la que falleció a pocos meses de su nacimiento (1915-1915). En 1916 nació Julio Vicente (él dice que no se llama Vicente, pero vaya usted a saber) y aunque ya tiene su lápida en el cementerio de El Rancho, todavía celebra sus "despedidas de la vida" en marzo de cada año). De todas maneras, bien podría haberse llamado Nepomuceno o Melquiades porque no le llaman por su nombre sino por el mote de Sarampagüilo, por el que es más conocido que el atol de elote. Luis Alfonso fue el sexto hijo y también  conocido por sus dos apodos de "Chivo Tierno" y "Toro Seco" (1918 - 1998). Después vino la susodicha Bertha Fely, quien tomó el nombre de su hermanita fallecida y que se iba a llamar Felicinda, pero un muy inteligente secretario municipal no le quiso poner tal apelativo y se lo abrevió a Fely (1919). Y finalmente, nació Delia Consuelo, quien también falleció a muy tierna edad (1921-1924). Unos días después del nacimiento de esta última criatura, falleció la mamá Florinda, el 19 de diciembre de 1921. 

Así que nos quedan  estas dos preciosidades y, por supuesto, una extensa lista de descendientes, unos vivos y otros más vivos todavía. Y esto es solo para picarlos y que aporten también sus datos y fotos, colaboraciones que serán bien recibidas. Pasen unas felices fiestas en el calor del hogar, no importa dónde estén.  

miércoles, 2 de julio de 2008

Adivina, adivinico, ¿quiénes son tan simpáticos personajes de esta foto? Las primeras dos mil personas que lo adivinen, pueden escribirnos adjuntando el árbol genealógico hasta la quinta generación de cada uno de ellos y se harán acreedores a un viaje solo de ida a las frías tierras de Tiquisate, cuna de la civilización del Nuevo Mundo. Pista: la foto es del 8 de julio de 1984.

sábado, 17 de mayo de 2008

Francisca Morales Marín

La foto de Mama Pancha
El Jícaro a inicios del siglo XX
Por Edgar Barillas -IIHAA, USAC-


¿Quién es esa señora que posa para la fotografía al frente de la casa, con sus cinco hijas y su hijo varón, luciendo sus mejores galas y los rostros adustos? Si miramos el reverso, en el cartón que sirve de soporte a la foto, apenas unas palabras incompletas aparecen de la dedicatoria: “…ima con… …iño.” “Franca. Ma…” “El Jí…”. Poco para comenzar, nos diremos. Pero vienen a nuestra ayuda los ancianos de la familia. “Es Mama Pancha”, nos dice Sarampagüilo , quien no peina canas porque la calvicie vino en edad temprana a su vida. Él vive en su casa de El Rancho, distante unos quince kilómetros de El Jícaro. Entonces, con ayuda de su hermana Bertha Fely, ata recuerdos y la información comienza a surgir.

Francisca Marín Morales, quien dedica la foto, era esposa de Venancio Morales y Morales, ambos nacidos en El Jícaro y San Cristóbal Acasaguastlán (apenas del otro lado del río), en los lejanos años de 1861 y 1849 respectivamente . Tres familias Morales y una Marín serían los ancestros de la familia Morales Marín. Acompañan a Mama Pancha en la foto sus hijas Florinda (Mama Flor, dice Sarampagüilo), Concepción (Tía Chonita), (Tía) Raquel, (Tía) Felicinda y (Tía) Olivia, más el pequeño Venancio (Tío Nancho).

Aún con la escasa información que poseemos, podemos aventurarnos a decir que la foto fue tomada a principios del siglo XX, un poco antes de que la primogénita Florinda fuera “robada” por el telegrafista del pueblo, Moisés Barrientos, originario del no lejano San Agustín Acasaguastlán. Ella había nacido en 1884 y su primera hija, llamada Florinda Zenaida, nacería en 1907. Como Mama Pancha montó en cólera por el abandono del hogar de su hija mayor y se negó a hablarle hasta mucho tiempo después, entonces la fecha de la foto tendría que ser del primer quinquenio del nuevo siglo.

El fotógrafo colocó a los miembros de la familia en el patio de la casa, sentados en una banca. Se nota que la vivienda no difería de la arquitectura vernácula del lugar: paredes de bajareque o adobe, techos de teja o de paja. En el corredor, la clásica hamaca de pita y un catre posiblemente también de pita o de tiras de cuero con armazón de madera (camastrones, les dicen por esos rumbos). Escaso menaje que contrasta con la elegancia de la vestimenta. Vestidos de manga larga y cuello cerrado, con bordados y encajes y hasta un saquito coqueto son la imagen adecuada para asegurar cierto estatus ante el vecindario. Elegante collar luce Flor, que resalta más por el contraste con el vestido obscuro. Y Nanchito (más tarde Tío Nancho), a sus cortos añitos es todo un caballerete ataviado con un saco obscuro de solapas blancas y unas botas altas de hacendado.

¿Familia pobre y rural con petulancias burguesas y urbanas? ¿O familia rica venida a menos, pero con las ínfulas de antaño? Ni lo uno ni lo otro. Doña Pancha Marín poseía extensas tierras en los alrededores, de las cuales la más nombrada era la llamada El Zapote. En el Directorio Agrícola de 1929 aparece solo superada por las hermanas Orellana, de la alcurnia del finado expresidente del país José María Orellana, con su finca El Tintero. También aparece Mama Pancha como comerciante en el Directorio Comercial de la República y algunos documentos privados de la familia asientan que eran no pocos sus deudores. Fincas como esas (de treinta y más caballerías) no eran comunes en la región. Había que llegar hasta Gualán para igualar el tamaño de las posesiones. Pero en ese tiempo, la tierra no tenía un gran valor de cambio y la mano de obra vivía en el peonazgo, sumida en la rutina de un trabajo poco productivo. Las cabezas de ganado y el comercio eran las que daban sustento al estatus social.

Eso sí, las propiedades y el comercio daban para enviar a las hijas a estudiar a la capital, pues la oferta educativa no era muy alta en aquellos parajes, semiáridos no solo para la flora y la fauna sino también para el alfabeto en aquella época. Para viajar a la capital todavía no estaba en servicio el ferrocarril del Norte, que apenas tenía su punta de rieles en El Rancho y no se había convertido en el eje del elusivo progreso. Por esa circunstancia se recurría a las bestias conducidas por algún peón de confianza de la familia. El destino era el Instituto Belén (otra fuente oral indicó que se trataba de la Casa Central), y la meta, la graduación de maestras de educación primaria. Alguna de ellas la logró, como Raquel, mientras que Florinda desató la ira de Mama Pancha al abandonar los estudios y ceder a la galantería de Moisés, aquel buen mozo de ojos claros de San Agustín.

Felicinda también tuvo un romance, solo que este resultó trágico, como lo describiera Alejandro Córdova, el famoso periodista de la época. Enamorada, Felicinda se comprometió en matrimonio con Virgilio Zúñiga. Como la Penélope del mito griego y más como la del canto de Serrat, esperó en vano la llegada del tren que traería al amado. Pero Virgilio falleció en otras tierras y como la Niña de Guatemala, Felicinda murió de amor, el 24 de abril de 1919. Dice el escritor:

“Virgilio se adelantó en el camino de lo desconocido para esperar a su Amada y recorrer con ella, triunfalmente, los jardines de la eternidad… Mis manos, que no pudieron cerrar los ojos del hermano en el tránsito definitivo, ponen sobre esta tumba, con todo mi sentimiento fraterno y piadoso, un ramo de violetas, húmedas de lágrimas…”

La tragedia de Felicinda llevó a Florinda a llamar a su hija nacida en diciembre, Berta Felicinda, aunque dicen que el registrador se resistió a ponerle tal nombre y lo abrevió a Fely.

Los varones de la familia, Venancio padre y Venancio hijo, tuvieron muertes violentas. “Problemas de terrenos”, dicen en el pueblo, fueron la causa de aquellos decesos. Al morir Venancio Morales Marín, una de sus hijas, “Olivita”, fue acogida en la casa de la abuela, al cuidado de la Tía Olivia. Raquel y Concepción dieron origen a las familias Casasola Morales y Guerra Morales.

La casa de Mama Pancha estaba en el centro de la población, en la Calle Real y es posible que sea la de la foto. La heredó Olivia, por deseo expreso de su progenitora. Conocí la vieja casona de gran corredor que daba al patio, donde la Tía Olivia caminaba siempre elegante, su cabellera blanca, su vestido oscuro, como manteniendo el luto por amores imposibles de olvidar. Un cuarto oscuro, de ventanas cerradas y amplias cortinas también oscuras, atesoraba estanterías repletas de libros y más libros. No sé de qué trataban. El silencio de esa casa era más profundo en aquella habitación, que guardaba secretos imposibles de descifrar para el niño intruso que buscaba hurgar en el pasado de las personas y de las cosas.